Gustav Klimt, Judit y la cabeza de Holofernes

Art Nouveau

Judit y la cabeza de Holofernes

Los espectadores confundían tanto a Judit con Salomé que Klimt puso el nombre «Judith» en el marco para no dejar dudas.

Gustav Klimt · 1901Belvedere, Viena

El fondo y los motivos de oro se inspiran en los mosaicos bizantinos de Rávena que impresionaron a Klimt.

Gustav Klimt, Judit y la cabeza de Holofernes
Judit y la cabeza de Holofernes · Belvedere, Viena

Lo más interesante

Datos y leyendas

  • Los espectadores confundían tanto a Judit con Salomé que Klimt puso el nombre «Judith» en el marco para no dejar dudas.
  • El fondo y los motivos de oro se inspiran en los mosaicos bizantinos de Rávena que impresionaron a Klimt.
  • La cabeza de Holofernes queda casi cortada por el borde del lienzo: Klimt eliminó todo el heroísmo.
  • Los ojos entornados y los labios entreabiertos la convierten en una imagen del éxtasis, no del triunfo.
  • La obra inaugura el famoso «período dorado» de Klimt, que incluye también El beso.
Source: Wikipedia
Más detalles Qué muestra realmente el lienzo, cómo llegó el oro a la obra antes del célebre viaje de Klimt a Rávena, de dónde viene la imagen de la femme fatale, cómo pasó Judith por varios propietarios privados antes de llegar al Belvedere y por qué todavía se confunde con Salomé.

Un primer plano en vez de una escena de ejecución

Judith llena el lienzo, Holofernes sobrevive solo como fragmento

El cuadro es un formato vertical estrecho, 84 por 42 cm, algo inusual para Klimt en esos años, y eso determina lo que ve el espectador: la figura de Judith, pintada al óleo con oro añadido, ocupa casi todo el campo. La cabeza queda justo por encima del centro, cuello y pecho al descubierto, una tela translúcida apenas sugiere la ropa. Los ojos están entornados, los labios entreabiertos: una expresión más cercana al trance que al triunfo de una vencedora.

La mano derecha descansa sobre el cabello de la cabeza cortada, aunque el detalle es fácil de pasar por alto: la cabeza de Holofernes es oscura, está desplazada hacia el borde derecho y casi cortada por el marco del lienzo — no queda nada de la iconografía anterior con espada, sangre y criada con un saco. Tampoco hay interior ni campamento militar: detrás de los hombros de Judith se extiende una superficie dorada y plana, sembrada de árboles estilizados, rosetones y un dibujo geométrico que no se deja leer como muro, cielo ni profundidad medible. La única fuente de luz de la composición es pictórica, no física: rostro, cuello y pecho brillan con un tono pálido, casi de porcelana, precisamente porque están rodeados de oro continuo, no porque haya una ventana o una lámpara fuera de cuadro.

Los dedos de la mano izquierda, un collar oscuro que rodea el cuello y el cabello están pintados con una precisión casi de joyero, mientras el fondo se mantiene deliberadamente plano — un cuerpo vivo y una superficie decorativa comparten el mismo cuadro bajo dos lógicas distintas. El collar remite visualmente a la decapitación sin que aparezca ningún arma. Ese choque entre una pintura corporal, casi íntima, y un oro ornamental es el primer efecto visual del cuadro, el que el espectador percibe antes incluso de recordar el episodio bíblico.

Un modelo sin nombre confirmado, un marco obra del hermano

Cómo llegó el oro al lienzo antes del viaje a Rávena

Klimt terminó Judith en 1901 para la décima exposición de la Secesión de Viena, celebrada entre marzo y mayo de ese mismo año: el lienzo se mostró al público casi inmediatamente después de acabarlo. Es uno de los primeros casos en que el artista incorporó pan de oro real a una pintura en lugar de un pigmento amarillo que solo imitaba el metal — un recurso que definiría todo su llamado «período dorado».

Cronológicamente, esto antecede al célebre viaje de Klimt a Venecia y Rávena en 1903, donde vio mosaicos bizantinos y, según sus propias palabras, quedó impresionado por su efecto. El interés por el oro en Judith es anterior al episodio que suele citarse como el origen del estilo dorado; el viaje de 1903 parece haber reforzado y complicado una dirección que ya había comenzado antes.

El rostro de Judith se compara a menudo con los rasgos de Adele Bloch-Bauer, la dama de la alta sociedad vienesa a la que Klimt pintaría dos veces más, en 1907 y 1912, y a la que también incorporaría en su imagen de Palas Atenea. No existe ningún documento que la nombre directamente como modelo de este cuadro concreto, y los rasgos están suficientemente alterados como para no considerar la semejanza un retrato documentado. El marco de metal repujado, con la inscripción «JUDITH UND HOLOFERNES», lo realizó el hermano menor del artista, Georg Klimt, joyero y grabador profesional — convirtiendo el marco en parte de la obra y no en un simple encuadre, y respondiendo a una confusión que ya existía antes de que el cuadro saliera del taller.

La piel y el cabello están construidos con una pincelada de óleo densa y corpórea, mientras que el oro se aplica en láminas extremadamente finas sobre la base — combinar técnica pictórica y orfebre en un mismo lienzo era poco frecuente incluso entre los artistas del círculo de la Secesión. Una de las primeras críticas publicadas llamó al resultado, con desdén, «nuez dorada»: una expresión que subestimaba la novedad de la técnica pero registraba con precisión cuánto envuelve el oro tanto al sujeto como a la figura.

El oro bizantino y la tradición vienesa de la femme fatale

Mosaicos, motivos japoneses y el debate sobre quién es la villana

El ornamento dorado y plano detrás de Judith procede de un conjunto de fuentes que ocupaban a Klimt en el cambio de siglo: los mosaicos bizantinos vistos en Venecia y más tarde en Rávena, el grabado japonés y la ornamentación del Oriente antiguo — fuentes que combinó libremente sin citar literalmente ninguna de ellas. De esa mezcla surgió el recurso que define el período dorado: la superficie plana en lugar de la perspectiva, el motivo decorativo en lugar del entorno arquitectónico.

El propio tema procede también de una tradición invertida. Los pintores de los siglos XVI y XVII, de Lucas Cranach a Caravaggio, mostraban a Judith como fría ejecutora de la voluntad divina o como una mujer que se estremece ante su propio acto. Klimt elimina tanto la piedad como el estremecimiento y deja solo un dominio sensual de sí misma — la femme fatale que obsesionaba a la cultura vienesa de la época, siguiendo la estela de la Salomé de Oscar Wilde y Aubrey Beardsley. El propio Libro de Judith, por cierto, no forma parte del canon hebreo del Antiguo Testamento y se considera no canónico en la tradición judía y protestante, mientras que la tradición católica y ortodoxa lo trata como deuterocanónico; ese estatus fronterizo, de texto no estrictamente obligatorio, dio históricamente a los pintores más libertad que los episodios evangélicos.

Klimt lleva ese mismo lenguaje dorado a El beso, obra de unos años después que aparece aquí como entrada vecina: allí el ornamento deja de ser fondo y se convierte en tela en la que literalmente quedan envueltas las figuras. Y la mirada indescifrable de Judith, dirigida directamente al espectador, recuerda a otra media sonrisa enigmática — la Gioconda de Leonardo —, que durante siglos ha sostenido la atención del espectador con el mismo recurso de una mirada directa que resiste una lectura única, aunque los lenguajes pictóricos sean completamente distintos.

De un mecenas vienés a una subasta suiza

Tres propietarios privados antes de que la obra llegara al Belvedere

El cuadro se vendió directamente en la décima exposición de la Secesión en marzo de 1901: su primer propietario fue el empresario y mecenas vienés Anton Loew. Tras su muerte en 1907, Judith pasó por herencia a Sophie Loew-Unger, que la conservó durante trece años.

En abril de 1920 la obra salió a martillo en la casa de subastas Galerie Moos de Ginebra, donde la compró Berthe Hodler — viuda del pintor suizo Ferdinand Hodler — por 3.750 francos suizos. Permaneció en sus manos más de tres décadas, hasta 1954, cuando la Österreichische Galerie, hoy el Belvedere, la adquirió. La obra pasó casi medio siglo en manos privadas y solo se instaló en la colección estatal austríaca a mediados del siglo XX, donde permanece hoy, en el Belvedere Superior, con el número de inventario 4737.

Durante todo ese tiempo Judith viajó mucho como pieza expuesta: se mostró en Múnich en 1901, en Berlín en 1905, en Zúrich en 1918 y, más tarde, en grandes retrospectivas de Klimt en París, Nueva York y Tokio. Desde 1954 ha participado en más de cuarenta exposiciones en todo el mundo sin dejar de ser una pieza permanente de la colección de Viena — a diferencia de muchas otras obras de Klimt, cuyo destino en el siglo XX se vio interrumpido por ventas, disputas de propiedad o la guerra.

A diferencia del Retrato de Adele Bloch-Bauer I, que tras un largo proceso de restitución y la película La dama de oro se convirtió en símbolo de las obras saqueadas por los nazis y recuperadas, Judith no tiene una historia bélica tan dramática: cambió de manos por vías ordinarias — herencia, subasta, compra museística — sin incautaciones ni litigios, y ese expediente de procedencia tranquilo la distingue de otros lienzos emblemáticos del período dorado.

Una salvadora que aún se confunde con una seductora

Por qué el cuadro sigue llamándose «Salomé» hoy

La confusión con Salomé no terminó en 1901. Incluso después de que Georg Klimt grabara el nombre de la heroína en el marco, las reproducciones y los pies de foto en la prensa siguieron llamando Salomé al cuadro — el tema y la imagen se habían fundido tanto en la percepción pública que en 1909 el propio Klimt pintó una segunda versión con título propio, Judith II, de rasgos más duros y expresión más depredadora. Casi de inmediato la crítica empezó a llamar Salomé también a esa segunda versión, repitiendo la misma confusión.

El crítico temprano Felix Salten describió la mirada de la heroína como «un fuego ardiente en sus ojos oscuros, crueldad en la línea de la boca» — una frase que ayudó a fijar la reputación del cuadro como una de las primeras imágenes abiertamente sexuales de la femme fatale en la pintura vienesa de comienzos del siglo XX, junto a los lienzos posteriores de Klimt sobre serpientes y Dánae. Dos años después, en 1903, la decimoctava exposición de la Secesión se dedicó por completo a Klimt, y Judith volvió a mostrarse allí, esta vez como una firma reconocible.

Hoy Judith aparece en portadas de libros, chapas de museo y pósters más que muchas otras obras del período dorado; junto con El beso forma el código visual por el que se reconoce a Klimt incluso sin haber visto sus demás cuadros. El marco-joya, que borra la frontera entre pintura y arte aplicado, se adelantó a la estética de la Wiener Werkstätte, la asociación de artistas y diseñadores fundada dos años después de que Judith saliera del taller. Para muchos espectadores que descubren por primera vez el arte de la Viena de 1900, este cuadro — más que los retratos de Bloch-Bauer o El beso — es la primera prueba de que el oro puede funcionar como material pictórico de pleno derecho.

En qué fijarse

Qué observar

  • Fíjate en el collar y el fondo de oro: un eco bizantino.
  • Encuentra la cabeza de Holofernes, casi cortada por el borde.
  • Mira el rostro: ¿triunfo o éxtasis?

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