Fuente de la introducción: Wikipedia (ES)
Autor
Gustav Klimt
Movimiento / época
Secesión de Viena
Técnica
óleo y oro sobre lienzo
Ubicación
Belvedere, Viena
Fíjate en los estampados: la túnica del hombre son severos rectángulos en blanco y negro; la de la mujer, círculos y flores.

Lo más interesante
Datos y leyendas
- Klimt cubrió el lienzo de auténtico pan de oro: aprendió el oficio de su padre, grabador en oro, y se inspiró en los relucientes mosaicos bizantinos que había visto en Rávena.
- Fíjate en los estampados: la túnica del hombre son severos rectángulos en blanco y negro; la de la mujer, círculos y flores. La pareja se funde en una sola masa dorada y, aun así, el ornamento la mantiene dividida en «lo masculino» y «lo femenino».
- Los amantes se arrodillan al borde mismo de un acantilado florido —a un paso del vacío—, algo que muchos leen como la fragilidad de la dicha más que como un idilio puro.
- Los modelos no están documentados: una leyenda persistente dice que son el propio Klimt y su compañera Emilie Flöge, pero no hay prueba alguna.
- El Estado austríaco compró El beso directamente de la pared de la exposición en 1908, cuando aún estaba sin terminar: un caso raro de un museo que adquiere una obra antes de su conclusión.
- El beso nunca sale del Belvedere de Viena: se considera que la frágil superficie dorada es demasiado delicada para viajar, así que solo puede verse allí.
Más detalles Pan de latón, una radiografía y una compra estatal: la historia real del lienzo dorado de Klimt.
En el lienzo
Diez dedos al borde del precipicio
Empiece por la esquina inferior derecha. Bajo el manto dorado asoman los pies de ella: el único punto en que la pareja toca el suelo. Los dedos están encogidos, el empeine en tensión. A pocos centímetros, la alfombra de flores se corta en un borde irregular y más allá solo hay oro liso, sin horizonte, sin sombra, sin profundidad.
El lienzo es cuadrado, 180 por 180 centímetros: más alto que casi cualquiera que se plante delante. Él se inclina, pero no la besa en la boca, sino en la mejilla. Ella echa la cabeza atrás y la gira casi de perfil, con los párpados cerrados y un rubor rosado en el pómulo. De él no vemos la cara: solo la nuca, el pelo oscuro y una corona ceñida de hojas y zarcillos. Una mano le sostiene la mandíbula; la otra, la sien. Es el gesto con que se agarra algo que puede romperse.
Las manos de ella responden de otro modo. Una cubre los dedos de él junto a la mejilla; la otra se engancha en su nuca, con los nudillos marcados. Aquí no hay nada relajado. Entre el pelo asoman florecillas y puntos en forma de estrella, y un mechón rojizo cae por la espalda.
Y ahora lo que casi todo el mundo pasa por alto: el cuadro está pintado de dos maneras a la vez. La piel tiene modelado, claroscuro de verdad; mejillas, manos y pies sobresalen. Todo lo demás es plano como un esmalte. En medio de tanto oro solo trabajan tres colores: bermellón, cobalto y el verde del prado. La firma está abajo a la derecha, dentro de un pequeño recuadro: GVSTAV KLIMT.
Retroceda tres pasos y las figuras desaparecen. Queda una forma: una columna dorada que se ensancha arriba, dos cabezas encima, un cojín de flores debajo. Ese perfil es el que acabó en las postales y en las tazas. Acérquese y el cuadro deja de ser imagen para volverse superficie: el metal está puesto por capas y los reflejos cambian con solo moverse un palmo.
Cómo se hizo
Un taller con jardín, latón y una radiografía
Klimt trabajó en un taller de una sola planta, al fondo de un patio de la Josefstädter Straße 21, en el octavo distrito de Viena. Lo alquiló en 1892 y lo mantuvo hasta 1911, cuando derribaron el edificio; una puerta daba directamente al jardín. Nadie le encargó el cuadro: lo pintó por su cuenta y lo enseñó en una exposición que él mismo había organizado.
La Kunstschau abrió el 1 de junio de 1908 y cerró el 16 de noviembre. Josef Hoffmann levantó un complejo provisional de madera de unos 6.500 metros cuadrados en el solar donde hoy está el Konzerthaus vienés. A Klimt le dieron la sala 22, diseñada por Koloman Moser, y allí colgó dieciséis obras. En el catálogo el cuadro no se llamaba El beso, sino Liebespaar, «los amantes»; el título actual aparece solo en el suplemento del catálogo de 1909.
La ficha técnica del Belvedere describe un montaje por fases. Primero, una hoja fina de aleación de latón sobre las zonas previstas: de eso está hecho el fondo. Encima, y de forma selectiva, pan de oro, de plata y de platino auténticos. Después, una veladura oscura de resina y aceite en la que Klimt espolvoreó escamas metálicas diminutas, un recurso muy cercano a la laca japonesa maki-e. El manto del hombre va cubierto de oro con el dibujo pintado encima; el vestido de ella combina pan de oro con ornamento en color.
La radiografía demuestra que hubo retoques: se alargaron las piernas y se cambió el dibujo del manto, y esas correcciones son posteriores a la exposición de 1908. El Estado compró, en efecto, una obra sin terminar: la Moderne Galerie no la recibió hasta el 22 de julio de 1909. De los modelos no se sabe nada seguro. La bibliografía menciona a Emilie Flöge, a Alma Mahler y a una modelo pelirroja apodada Hilda la Roja, y ninguna de las tres está documentada. La Albertina conserva dibujos de parejas abrazadas de 1907 y 1908, pero muy pocos remiten directamente a esta composición.
Raíces
Un abrazo ensayado durante seis años
La pareja fundida en una sola figura venía de lejos. En 1902, en la decimocuarta muestra de la Secesión, Klimt presentó el Friso de Beethoven: en la pared final, un hombre y una mujer se funden bajo un coro de ángeles, junto al verso de Schiller sobre un beso para el mundo entero. Allí el abrazo era el desenlace de un relato largo, minúsculo frente a la procesión de figuras.
Entre 1905 y 1911 diseñó el friso del comedor del palacio Stoclet de Bruselas, obra de Josef Hoffmann. El panel se llama Cumplimiento; en los primeros bocetos, sencillamente Abrazo. La misma postura, la misma mano en la mejilla. Pero no está pintado: los artesanos de los Talleres Vieneses lo montaron con mármol, cerámica, azulejo dorado, esmalte y piedras semipreciosas a partir de nueve cartones a tamaño real. El beso es la versión de caballete de una pared.
El oro viene de Rávena. Klimt fue dos veces en 1903, en mayo y en diciembre, y vio los mosaicos de San Vitale, donde Justiniano y Teodora se sostienen sobre oro sin espacio alrededor. De allí se llevó un principio: tratar el fondo como materia sólida.
La comparación ayuda. En La noche estrellada, Van Gogh deja que el fondo se desate: su cielo está más vivo que el pueblo. Klimt hace lo contrario. Apaga el fondo, lo convierte en metal inmóvil y deja todo el movimiento en dos rostros y cuatro manos. Tres décadas más tarde, Frida Kahlo aborda el mismo problema desde el extremo opuesto en Las dos Fridas: parte a una persona en dos figuras y las une, en vez de con ornamento, con una arteria.
Qué pasó después
Número de inventario 912
El beso nunca tuvo dueño particular. De la Kunstschau pasó directamente a manos del Estado: el ministerio de cultura e instrucción lo compró en julio de 1908 por 25.000 coronas, la cifra más alta que la galería había pagado hasta entonces por la obra de un artista vivo. En el inventario del Belvedere lleva el número 912.
Al principio viajó. Roma, Exposición Internacional de Arte de 1911; Dresde, Gran Exposición de Arte de 1912. Luego empezó otra historia. La Moderne Galerie cerró el 22 de marzo de 1938 y, desde septiembre de 1944, el Belvedere sufrió los bombardeos sobre Viena.
La pérdida más grave no fue la suya. Desde 1943 se guardaban en el castillo de Immendorf, en la Baja Austria, cuadros evacuados de Viena, entre ellos un buen número de Klimts de la colección Lederer. El 8 de mayo de 1945 el castillo ardió y con él Filosofía, Medicina y Jurisprudencia, los tres enormes paneles que Klimt había pintado para la Universidad de Viena. Hoy solo se conocen por fotografías en blanco y negro. El beso no estaba en esa lista.
En 1954 la Galería Austríaca reabrió en el Belvedere Superior con el cuadro expuesto. Hubo algunas salidas más —Ámsterdam, Eindhoven y Berna en 1956-1957, Zúrich en 1992— y después de 1997 dejó de salir de Viena. Hoy cuelga en la planta alta del Belvedere Superior, en una sala donde no se le permite competencia, casi siempre detrás de un muro bajo de teléfonos levantados.
Su huella
El oro que se reimprimió un millón de veces
La primera respuesta seria vino de dentro del propio círculo vienés. En 1912 Egon Schiele pintó Caricia, más conocido como El cardenal y la monja: la misma pareja de rodillas, la misma inclinación de las cabezas, pero sin oro, en rojo y negro, y con los rostros asustados. Está en el Museo Leopold de Viena y se lee como una réplica directa al maestro.
El historiador del arte Werner Hofmann dio con la clave de por qué el cuadro aguanta: Klimt sacó la vieja tensión entre hombre y mujer de los cuerpos y la llevó al ornamento, donde se volvió un programa de contrastes. De ahí también su resistencia a cualquier tamaño: la silueta funciona en la pantalla de un móvil igual que en un lienzo de dos metros, y por eso acaba impresa en todas partes.
La Austria oficial lo refrendó en metal. En 2003 la Casa de la Moneda emitió una moneda de oro de 100 euros, Pintura, con Klimt en bata de trabajo en su taller por una cara y El beso por la otra: 16 gramos de oro de ley 986 y una tirada de 30.000 piezas. La serie de 50 euros Klimt y sus mujeres, iniciada en 2012, se cerró en 2016 con la misma imagen.
Después llegaron experimentos más recientes. El 14 de febrero de 2022 el Belvedere troceó una copia digital en 10.000 fragmentos y los puso a la venta como NFT a 1.850 euros cada uno; en los primeros días se colocó solo una parte pequeña y más tarde el precio de reventa cayó muy por debajo del de salida. En 2023 se estrenó el documental Klimt & The Kiss, dirigido por Ali Ray, rodado en el Belvedere en mayo y en cines desde el 30 de octubre. En poco más de un siglo el cuadro se ha convertido en moneda, en token y en película, y sigue habiendo un solo sitio en el mundo donde ver el original.




