Fuente de la introducción: Wikipedia (ES)
Autor
Vincent van Gogh
Movimiento / época
Postimpresionismo
Técnica
pintura
Ubicación
Museo Kröller-Müller, Otterlo
El café de la Place du Forum de Arlés todavía existe y hoy se llama Café Van Gogh, repintado de amarillo para parecerse al cuadro, convertido en un monumento vivo a una sola pintura.

Lo más interesante
Datos y leyendas
- Van Gogh lo pintó al aire libre de noche, uno de los primeros artistas en hacerlo; la simpática historia de que llevaba velas en el sombrero es una leyenda posterior: le contó a su hermano que trabajaba a la luz de gas.
- El café de la Place du Forum de Arlés todavía existe y hoy se llama Café Van Gogh, repintado de amarillo para parecerse al cuadro, convertido en un monumento vivo a una sola pintura.
- El historiador del arte Jared Baxter sostuvo en 2015 que la composición evoca la Última Cena de Leonardo —doce comensales visibles tras la ventana con una figura vestida de blanco en el centro—, aunque el propio Van Gogh nunca lo mencionó en ninguna carta.
- Van Gogh no usó negro en ninguna parte de esta pintura, basándose solo en azules y violetas profundos para las sombras: un experimento deliberado que describió en una carta a su hermana Wil en septiembre de 1888.
- El cuadro nunca se vendió en vida de Van Gogh y llegó al Museo Kröller-Müller de Otterlo gracias a Helene Kröller-Müller, esposa de un industrial neerlandés que coleccionó obsesivamente obras de Van Gogh a principios del siglo XX y llegó a poseer 91 de ellas.
- Los astrónomos han confirmado que las posiciones de las estrellas en el cielo nocturno sobre el café coinciden exactamente con lo que se veía sobre Arlés la noche del 16 al 17 de septiembre de 1888.
Más detalles Van Gogh pintó esta plaza de noche, en el sitio, mucho antes de su famosa noche estrellada.
Qué se ve en el lienzo
Una terraza de café atrapada a media respiración
La escena es un rincón de la Place du Forum de Arlés, visto casi a bocajarro. A la derecha, un café bajo un toldo de un amarillo cremoso, con tres filas de sillas de mimbre y varias mesas redondas: en unas hay grupos, en otras una sola figura apuntada con dos pinceladas. Entre las mesas camina un camarero de camisa clara, la única silueta claramente en movimiento. A la izquierda, un edificio se hunde en la manzana con una fachada oscura y casi sin detalles, salvo un par de ventanas iluminadas, y el empedrado se rompe en manchas de azul y violeta, como si la piedra aún no se hubiera enfriado del día.
Más allá, la calle se estrecha y lleva la mirada hacia un portal iluminado al fondo, y sobre los tejados hay un cielo azul intenso que se vuelve verdoso en el horizonte, cuajado de un número improbable de estrellas: unas veinte, grandes, con rayos casi dibujados a mano. No hay luna. Nadie en la terraza mira al espectador; todos miran hacia el fondo de la escena, hacia la luz, y por eso el cuadro se lee menos como una puesta en escena que como algo visto de refilón.
El lienzo es más bien modesto —80,7 por 65,3 centímetros— y Van Gogh lo cubrió con pinceladas rápidas, casi líquidas: la pintura queda fina en algunas zonas, sin el empaste grueso de sus escenas diurnas, como si estuviera compitiendo contra las lámparas de gas del café antes de que se apagaran, o contra el cansancio de su propia mano.
Cómo se hizo
Una noche pintada en la plaza, no en el taller
Van Gogh pintó la terraza a mediados de septiembre de 1888, en Arlés, probablemente el 16 o el 17: en los años ochenta el historiador del arte Albert Boime cruzó la posición de la constelación de Acuario sobre los tejados con tablas astronómicas y calculó esa fecha y hora exactas, hacia las once de la noche. El cálculo solo fue posible porque Van Gogh pintó el cielo que tenía delante esa noche concreta.
Habló del cuadro en cartas: a su hermano Theo, hacia el 29 de septiembre de 1888, y al pintor Eugène Boch unos días después, el 2 de octubre. Trabajó allí mismo, en la plaza, a la luz de gas del café, con el caballete plantado sobre el empedrado; la electricidad aún no había llegado a Arlés. Pintó rápido, con muy pocos cambios aparentes: los estudios de infrarrojos y rayos X que cita el museo Kröller-Müller no muestran alteraciones importantes de la composición ni de la posición de las figuras. Parece haber fijado el trazado de la plaza y la terraza de una sola vez, sin volver atrás.
No lleva firma, como casi todos sus cuadros de esta etapa en Arlés, pero nunca se ha discutido su autoría: describió esta composición con demasiado detalle en sus cartas, hasta el color del cielo y su decisión de no usar negro en absoluto.
De dónde vienen las imágenes
Una discusión con los impresionistas, vecino de Seurat
Antes del verano de 1888, la noche casi no existía como tema para los pintores: los impresionistas trabajaban con luz natural y evitaban las escenas nocturnas, porque la técnica del aire libre no se llevaba bien con la oscuridad. Van Gogh hizo lo contrario: salió a pintar la ciudad después del atardecer varias veces ese verano, empezando por esta terraza y siguiendo pocas semanas después con Noche estrellada sobre el Ródano. Más que el brillo de las farolas, le interesaba la idea de que una escena nocturna podía tener tanto color como una diurna, algo que había asimilado de los grabados japoneses, con su color plano y sin sombras.
Ese mismo año, en París se discutía el puntillismo de Georges Seurat, un método construido sobre la disciplina: miles de puntos de color puro que forman una figura vista de lejos, como en su Tarde de domingo en la isla de la Grande Jatte. Van Gogh admiraba el método y, a la vez, hizo casi lo contrario: en vez de fragmentar el color en puntos, lo aplicó en pinceladas anchas y nerviosas, dejando que un puñado de manchas contrastantes —amarillo, azul, violeta— sostuvieran toda la composición. Pocas semanas después de la terraza, en octubre, aplicaría la misma lógica del color como estado de ánimo en Habitación en Arlés, donde llegó a decir que el rojo y el verde no transmitían luz, sino sentimiento.
Qué pasó con la obra
De un empedrado de Arlés a un museo entre dunas
Nadie compró el cuadro mientras Van Gogh vivía: casi nada de lo que pintó en Arlés se vendió. Tras su muerte pasó por varios marchantes y coleccionistas antes de llegar a la holandesa Helene Kröller-Müller, que desde 1908 compraba obra suya por decenas, a menudo en subastas o a marchantes de París y Berlín, años antes de que su nombre se pusiera de moda. No hay constancia exacta de cuándo adquirió este lienzo en particular, pero hacia los años treinta ya formaba parte firme de su colección.
En 1935, Helene y su marido Anton cedieron toda la colección, incluido este cuadro, al Estado neerlandés, y en 1938 abrió en Otterlo, entre las dunas del parque Hoge Veluwe, un museo con su nombre. Hoy conserva 91 cuadros y 180 dibujos de Van Gogh, la segunda colección más grande del mundo después del Museo Van Gogh de Ámsterdam. La propia Place du Forum de Arlés se ajustó al cuadro entre 1990 y 1991: repintaron la fachada del café de amarillo y le pusieron el nombre del pintor, así que hoy los turistas se fotografían justo donde estuvo su caballete, aunque la plaza real fuera mucho más discreta en su época.
Su huella cultural
De un biopic de Hollywood a una discusión sobre apóstoles
Mucha gente reconoce este cuadro por su mancha amarilla de luz de café sobre fondo azul incluso sin haber pisado nunca un museo neerlandés: lleva décadas viviendo fuera del lienzo, en reproducciones, tazas y películas. Se ha recreado en el biopic Sed de vivir (1956), con Kirk Douglas; en la animación pintada Loving Vincent (2017), donde cada fotograma está pintado a mano al estilo de Van Gogh; y en el episodio de Doctor Who de 2010 dedicado al pintor, que reproduce la terraza y su luz amarilla de manera casi literal.
En 2015 el cuadro terminó en el centro de una discusión de historia del arte: el investigador independiente Jared Baxter publicó un ensayo en dos partes que leía la escena como una Última Cena cifrada —doce clientes alrededor de una figura clara en el centro, una silueta oscura que se aleja hacia la izquierda, una cruz formada, a propósito o no, por el travesaño de una ventana—. Algunos historiadores del arte consideraron la lectura elegante pero indemostrable: en sus cartas, Van Gogh solo habla de color y estrellas a propósito de este cuadro, nunca de Cristo. La discusión no está cerrada, y probablemente no lo esté nunca, pero en parte gracias a ella hoy se escribe sobre este cuadro casi tanto como sobre La noche estrellada.









