David Hockney, A Bigger Splash

Arte pop

A Bigger Splash

Hockney pintó minuciosamente la salpicadura instantánea durante unas dos semanas con pinceles pequeños.

David Hockney · 1967Tate, Londres

No hay saltador, solo el rastro del salto; hemos llegado una fracción de segundo demasiado tarde.

David Hockney, A Bigger Splash
A Bigger Splash · Tate, Londres

Lo más interesante

Datos y leyendas

  • Hockney pintó minuciosamente la salpicadura instantánea durante unas dos semanas con pinceles pequeños.
  • No hay saltador, solo el rastro del salto; hemos llegado una fracción de segundo demasiado tarde.
  • Es el tercer cuadro de «salpicadura», después de «The Splash» y «A Little Splash».
  • A Hockney lo inspiraron la luz, las piscinas y la arquitectura modernista de California.
  • En 2018 otra de sus piscinas se vendió por 90 millones de dólares, entonces un récord para un artista vivo.
Source: Wikipedia

Valor estimado

Cuánto vale hoy

A Bigger Splash pertenece a la Tate de Londres y no está a la venta. A modo de comparación, otra piscina de Hockney se vendió por 90,3 millones de dólares en 2018, entonces un récord para un artista vivo.

Más detalles Hockney tardó dos semanas en pintar un chapuzón de dos segundos y escondió ahí toda una época californiana.

Qué hay en el lienzo

Una piscina partida en dos

El lienzo es casi cuadrado —242,5 por 243,9 cm— y el borde de la piscina lo divide limpiamente en dos mitades. La mitad superior tiene un cielo plano, sin una sola nube, y una casa modernista baja, de un rosa pálido, con una pared entera de puertas correderas de cristal: el vidrio refleja los tejados vecinos y las siluetas rígidas de plantas tropicales, como si la casa se mirara a sí misma. Delante hay una tumbona vacía sobre una franja de césped perfectamente recortado, y dos troncos de palmera, delgados, cortan la composición en vertical, repitiendo el ritmo de los marcos de las ventanas.

La mitad inferior es agua turquesa, un borde de baldosas blancas y un trampolín amarillo que entra en el cuadro en diagonal —la única línea curva entre tantos ángulos rectos de la casa y la piscina—. Sobre el agua flota ese chapuzón en forma de abanico, deshecho en gotas y jirones de espuma sueltos, mientras todo lo demás está pintado de un color plano, casi impreso. En el borde del lienzo, Hockney dejó una franja estrecha sin pintar, como el marco blanco de una Polaroid, y eso hace que el cuadro se lea menos como pintura que como una fotografía ampliada, arrancada de un mediodía californiano abrasador. En el lienzo no pasa nada más: ni gente, ni coches, ni pájaros, solo reflejos y el rastro de algo que ocurrió un segundo antes. En ninguna parte del cuadro hay una sombra, ni bajo la casa ni bajo el trampolín, y esa ausencia es lo que hace que la escena entera parezca detenida, como si se hubieran parado a la vez el chapuzón y el propio sol californiano.

Cómo se hizo

Dos semanas por dos segundos

Hockney pintó A Bigger Splash en California entre abril y junio de 1967, mientras enseñaba pintura en Berkeley; un lienzo de ese tamaño se clavaba directamente a la pared, sin bastidor ni caballete. La casa, la piscina y el cielo los resolvió con planos amplios: enmascaraba zonas con cinta de papel y pasaba el acrílico con rodillo en dos o tres capas, buscando una superficie perfectamente lisa e impersonal, sin una sola pincelada visible; tampoco hizo dibujo previo, solo fue colocando los bloques de color directamente sobre el lienzo. La paleta era corta: cobalto y ultramar para el agua y el cielo, algunos ocres y siena para los muros, un poco de verde Hooker para las plantas. Solo retiraba la cinta cuando el acrílico estaba completamente seco: si la despegaba antes, el borde entre los colores salía irregular en lugar de esa línea limpia y recta que hace que la casa y el cielo parezcan casi impresos, más que pintados.

El chapuzón es el único lugar donde el pincel tocó el lienzo directamente, sin rodillo ni cinta, y avanzó a un ritmo completamente distinto: pinceles finos, a partir de una fotografía de un libro sobre construcción de piscinas que Hockney encontró por casualidad. Él no había fotografiado su propio salto, y por entonces apenas fotografiaba nada; su primera cámara de 35 mm la compró justo ese mismo 1967. La casa del fondo tampoco está inventada: está montada a partir de bocetos de arquitectura californiana que el artista hacía en sus viajes. Esos meses, su modelo habitual para otros lienzos era Peter Schlesinger, su pareja de entonces, pero para A Bigger Splash no posó nadie: es un cuadro hecho a partir de una fotografía de una fotografía. Con él se cerró una trilogía: A Little Splash y The Splash habían aparecido un año antes, cada vez con el lienzo más grande y el fondo más elaborado.

De dónde vienen las imágenes

Frialdad en vez de gesto

Hockney (/es/artists/david-hockney/) terminó el Royal College of Art de Londres en 1962, pero encontró su verdadero tema en otro sitio: tras una primera visita a California en 1963, se instaló allí de manera definitiva un año después. Con las piscinas y las casas de cristal llegó también un rechazo deliberado de lo que hacía su generación en la pintura estadounidense: el gesto emocional y desbordado del expresionismo abstracto. Él eligió el polo contrario: una superficie lisa, casi publicitaria, que lo acerca al pop art, una etiqueta que nunca le gustó demasiado. Ya antes, a principios de los sesenta, había pintado duchas y bañistas, y The Splash y A Little Splash siguieron esa misma línea: en ellas, igual que en la versión londinense, tampoco había cuerpo, solo su huella. En su propia exposición de fin de curso en el Royal College, en 1962, Hockney se presentó, contra las normas, con una chaqueta dorada y el pelo teñido de rubio: la misma provocación tranquila que, cinco años después, se endurecería en la calma helada de A Bigger Splash.

En ese sentido, el método de Hockney es exactamente el contrario del de Van Gogh en La noche estrellada: allí la pincelada agitada tiembla en cada centímetro del lienzo, mientras que aquí el pincel se «enciende» de verdad una sola vez, en el chapuzón, y todo lo demás queda deliberadamente aplanado hasta el sosiego de una fotografía. Lo que falta es igual de revelador: donde Klimt enlaza a sus dos figuras en un capullo dorado en El beso, Hockney solo deja una tumbona vacía y salpicaduras allí donde, un instante antes, un cuerpo desapareció bajo el agua, un cuerpo que el pintor nunca muestra. Aquí el gesto ajeno se sustituye por una fotografía ajena: Hockney parte de una imagen ya hecha, encontrada en un libro, un movimiento muy del siglo XX, en el que la cámara es una fuente tan legítima como lo fue para Van Gogh una noche de insomnio frente a la ventana.

El destino de la obra

De un salón de Londres a la Tate

En 1968 el cuadro lo compró, a través de la galería de John Kasmin, Sheridan, marqués de Dufferin y Ava, copropietario de la propia galería Kasmin y uno de los primeros mecenas de Hockney: fue allí donde el artista tuvo su primera exposición individual, en 1963. A Bigger Splash estuvo colgado más de diez años en la casa londinense de Dufferin, hasta que en 1981 la Tate lo compró a través de la galería Knoedler, con financiación Grant-in-Aid, y le asignó el número de catálogo T03254.

Desde entonces cuelga en la Tate Britain, en Millbank, y sigue siendo una de las obras más solicitadas en préstamo: en 2017 formó parte de la gran retrospectiva por el 80.º cumpleaños de Hockney, que se inauguró en la Tate Britain antes de viajar al Centro Pompidou y al Metropolitan: la muestra fue del 9 de febrero al 29 de mayo, y la demanda fue tal que el museo abrió hasta la medianoche los viernes y sábados. Aquella muestra reunió a 478.082 visitantes, la mayor asistencia en la historia de la galería de Millbank, unas 4.300 personas al día, con casi 35.000 entradas vendidas por adelantado, más que en cualquier exposición anterior de la Tate. Para un lienzo que ya pasó su medio siglo, es una biografía sorprendentemente tranquila, sin robos, pleitos ni escándalos de restauración, algo poco habitual en cuadros de este rango: el episodio más ruidoso alrededor de los «splashes» de Hockney no tuvo que ver con este lienzo, sino con el precio de otro de sus cuadros de piscinas, vendido en 2018 por 90,3 millones de dólares. El propio lienzo no ha necesitado ninguna intervención de restauración importante desde 1981: el acrílico Liquitex, a diferencia del óleo, apenas amarillea ni se agrieta con el tiempo, así que la sala lo muestra prácticamente como estaba cuando la Tate lo compró.

Huella en la cultura

Un título que sobrevivió a su chapuzón

El título hace tiempo que vive por su cuenta. En 1973 el director Jack Hazan rodó A Bigger Splash, mitad documental, mitad escenas montadas, sobre Hockney y Peter Schlesinger, la pareja de la que se estaba separando justo en esos meses. En 2015 Luca Guadagnino tomó prestado el mismo título para su película con Tilda Swinton, Ralph Fiennes y Dakota Johnson, un remake libre de la francesa La piscina (1969); la trama no tiene nada que ver con el cuadro de Hockney, pero el título conecta de inmediato la película con esa misma idea de la piscina californiana como lugar de deseo oculto y catástrofe inminente.

En 2013 el artista Ramiro Gómez hizo su propia versión, titulada No Splash: la misma piscina, la misma casa, pero en vez de un chapuzón hay un limpiador de piscinas sacando hojas del agua con una red y una empleada barriendo junto a la pared de cristal; la obra formaba parte de su serie Domestic Scenes, expuesta en la galería Charlie James de Los Ángeles. Gómez lleva años devolviendo a los cuadros de Hockney a los jardineros, niñeras y limpiadores que el paisaje californiano acomodado suele borrar, y lo hace justo donde Hockney ya deja al espectador preguntándose adónde fue esa persona que solo dejó un chapuzón. La Tate lleva décadas vendiendo pósteres del cuadro, sigue siendo una de las imágenes más reproducidas del arte británico del siglo XX, y el mercado no deja de confirmar esa fama: los 90,3 millones de dólares pagados por otro cuadro de piscinas de Hockney en 2018 demostraron que sus piscinas californianas siguen siendo el paisaje sin una sola persona más caro jamás vendido de un artista vivo.

En qué fijarse

Qué observar

  • Compara el fondo congelado con la única salpicadura viva.
  • Fíjate en los colores planos, casi publicitarios, de la luz de California.
  • Busca al nadador: no hay ninguno, solo las consecuencias del salto.

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