Ilya Repin, Los sirgadores del Volga

Realismo ruso

Los sirgadores del Volga

Repin estudió a sirgadores reales del Volga en dos viajes (1870 y 1872), en lugar de inventar las figuras en su taller.

Ilya Repin · 1870-1873Museo Ruso, San Petersburgo

La cuadrilla suma once sirgadores, cada uno pintado a partir de un individuo concreto y fácilmente distinguible por su rostro y su pose.

Ilya Repin, Los sirgadores del Volga
Los sirgadores del Volga · Museo Ruso, San Petersburgo

Lo más interesante

Datos y leyendas

  • Repin estudió a sirgadores reales del Volga en dos viajes (1870 y 1872), en lugar de inventar las figuras en su taller.
  • La cuadrilla suma once sirgadores, cada uno pintado a partir de un individuo concreto y fácilmente distinguible por su rostro y su pose.
  • La obra dio fama a Repin en 1873, cuando se expuso (también en la Exposición Universal de Viena): tenía unos 28-29 años y ya se había graduado en la Academia Imperial de las Artes (1871).
  • Entre los sirgadores hay un antiguo sacerdote y un joven que se ajusta la correa del arnés, un detalle que los críticos llamaron el centro emocional del cuadro.
  • La obra se convirtió en estandarte de los Peredvizhniki (Los Ambulantes) y en una referencia del realismo ruso socialmente comprometido.
Source: Wikipedia
Más detalles Once sirgadores reales, dos veranos en el Volga y un lienzo que rompió las reglas de la Academia.

Lo que se ve en el lienzo

Once espaldas bajo un mismo sol

Once sirgadores arrastran una barcaza por un banco de arena, cada uno apoyando el peso en la misma cuerda, y ninguna cara repite el gesto de la otra. Al frente, rompiendo la línea de tiro, camina Kanin, un sacerdote destituido de su cargo: fornido, de barba poblada, el único que mira hacia delante y no hacia la arena. A su lado, Ilka el marinero clava los ojos directamente en quien mira el cuadro, como si el espectador tuviera algo que ver con el calor y el arnés. Un paso atrás va Larka, el más joven de la cuadrilla, con la camisa rota, ajustándose sobre la marcha una correa que se le ha resbalado del hombro — el gesto que la crítica señaló después como el movimiento más humano de todo el lienzo. Hay también un soldado retirado, Zotov, un forzudo pelirrojo de cerca de Nizhni Nóvgorod, y un fumador de pipa que tira de la cuerda con la indiferencia plana de quien repite un turno por enésima vez.

Detrás de ellos la barcaza cargada se hunde en el agua; el sol está en su punto más alto y la arena está pintada grano a grano, hasta parecer caliente al tacto. No hay tormenta ni cielo dramático, solo la bruma corriente de un día de verano — y ese es precisamente el punto: Repin no necesita mal tiempo para fabricar tragedia, la tragedia está en lo rutinario del esfuerzo. Las sombras son cortas, así que es mediodía, la hora más dura del turno. Once figuras, ninguna repite la postura de otra: el cuadro se sostiene como once vidas distintas que, en ese instante, avanzan en la misma dirección.

Cómo se hizo

Dos veranos en el Volga y una negativa por superstición

El tema llegó a Repin casi por accidente: en 1868, navegando en bote por el Nevá en San Petersburgo, vio pasar a una cuadrilla de sirgadores junto a un grupo de paseantes bien vestidos, y ese contraste se le quedó grabado. En la primavera de 1870, todavía alumno de la Academia Imperial de Artes, viajó por el Volga junto al pintor Fiódor Vasíliev, el artista Yevgueni Makárov y su hermano menor, Vasili. Desembarcaron en Stávropol del Volga el 17 y 18 de junio y pasaron el verano en el pueblo de Shiriáyevo, dibujando del natural y conociendo a sirgadores reales: hablaban con ellos en los descansos, caminaban a su lado mientras trabajaban y tomaban apuntes rápidos sobre la marcha.

Uno de los primeros bocetos bastó para interesar al gran duque Vladímir Alexándrovich, segundo hijo de Alejandro II, que encargó el cuadro terminado y pagó 3000 rublos, una suma considerable para un pintor que ni siquiera se había graduado todavía (el diploma de la Academia le llegaría en 1871). Encontrar modelos entre los propios sirgadores no fue sencillo: corría la creencia popular de que un retrato pintado se llevaba parte del alma, y no todos aceptaban posar. A Kanin, el sacerdote destituido que terminaría encabezando el grupo en el lienzo, Repin lo pintó, según notas conservadas, el 19 de julio de 1870.

Repin volvió al Volga por segunda vez en el verano de 1872, esta vez con su esposa, Vera Alexéyevna, y llegó en barco de vapor hasta Samara para completar el material. De estos viajes sobrevive todo un conjunto de estudios preparatorios: un boceto gráfico y un estudio al óleo de 1870, de 28,7 × 42 cm (hoy en el Museo Ruso), otro boceto al óleo del mismo año sobre cartón, de 23,5 × 50,5 cm (en la Galería Tretiakov), y una variante compositiva independiente, Sirgadores vadeando (1872, 62 × 97 cm), señal de que Repin probó varias disposiciones del grupo antes de fijar la definitiva. Mostró una versión todavía sin terminar en la exposición de la Sociedad para el Fomento de las Artes en 1871 y ganó el primer premio de pintura de género con lo que, en rigor, era todavía un boceto de gran tamaño. El lienzo final, de 131,5 × 281 cm, quedó concluido a principios de 1873.

De dónde vienen las imágenes

Ni leyenda ni tipo: la ruptura con la Academia

En 1870 Repin seguía siendo alumno de la Academia, una institución que medía la seriedad de un cuadro por su asunto: escenas bíblicas, la Antigüedad, la Historia con mayúscula. Un lienzo del tamaño de una pintura de historia se permitía para zares y santos, no para una cuadrilla de sirgadores desharrapados en un banco de arena del Volga. Al elegir precisamente ese tema y esa escala, 131,5 × 281 cm, las medidas de una pintura de historia, Repin tomó prestada la gramática visual de la Academia y la apuntó hacia un asunto contemporáneo e incómodo. El crítico Vladímir Stásov escribiría después que nadie en Rusia se había atrevido a hacer algo así.

No fue, sin embargo, el primero en Europa en elevar al trabajador común a la escala del gran arte. Poco antes, Jean-François Millet ya había poblado la pintura francesa con figuras de ese mismo tipo de trabajo: mujeres inclinadas recogiendo espigas tras la siega en Las espigadoras, o una pareja detenida en oración vespertina en medio de un campo en El Ángelus. En Millet el trabajo es silencioso, casi litúrgico; en Repin es ruidoso y sudoroso, con Ilka el marinero mirando de frente a quien observa, pero el objetivo es parecido: obligar a mirar a quienes un cuadro suele dejar fuera de foco. Antes aún, Pieter Brueghel el Viejo había dado un tratamiento igual de monumental al trabajo cotidiano y al clima en Los cazadores en la nieve, donde figuras pequeñas sostienen todo el peso de un día de invierno y el paisaje actúa en vez de decorar.

Repin no tuvo un maestro que lo empujara hacia este tema en concreto: fue más bien la coincidencia de una sensibilidad que ya flotaba en el ambiente (los Ambulantes ya buscaban héroes de este tipo) con la sacudida personal de aquella tarde de 1868 en el Nevá. Pero después de Sirgadores del Volga, la reputación de Repin quedó fijada: un pintor capaz de poner en el lienzo a una persona concreta, no un tipo genérico.

El destino de la obra

De la sala de billar de un gran duque a la sala 33

El lienzo terminado colgó en la sala de billar del Palacio Vladímir, en San Petersburgo, un cuadro sobre la pobreza y el esfuerzo decorando una sala de ocio de uno de los hombres más ricos del imperio. En marzo de 1873 se expuso en la muestra de la Academia de Artes, donde Repin recibió la medalla de oro Vigée-Lebrun "por la expresión", y después viajó a la Exposición Universal de Viena, donde ganó una medalla de bronce; el crítico alemán Friedrich Pecht lo llamó "el cuadro más luminoso de toda la exposición".

Tras la revolución de 1917, el palacio y la colección del gran duque fueron nacionalizados, y en 1918 Sirgadores del Volga pasó al Museo Ruso Estatal, donde permanece desde entonces. Durante la Segunda Guerra Mundial fue evacuado, junto con otras piezas del museo, a Molotov (la actual Perm) y se guardó en la galería de arte regional hasta el final de la guerra. En 1963 los historiadores del arte Milda Viktúrina y Lidia Gladkova radiografiaron el lienzo y encontraron rastros de cambios bajo la capa superior de pintura: Repin, al parecer, siguió ajustando posturas y detalles bastante después de la fase de bocetos. En 1968 el restaurador Anani Brindárov llevó a cabo una restauración a fondo: fijó la capa pictórica que se estaba desprendiendo, trasladó el lienzo a un nuevo soporte y retiró el barniz oscurecido.

Hoy el cuadro cuelga en la sala 33 del Palacio Mijáilovski, y en los últimos años ha viajado en préstamo a Estocolmo (2011–2012), Chemnitz (2012), la Galería Tretiakov de Moscú (2019), Helsinki (2021) y París (2021–2022), bastante movimiento para una pieza museística de este tamaño y fragilidad.

Su huella en la cultura

Una correa que llegó hasta Helsinki

Durante las décadas soviéticas, Sirgadores del Volga se convirtió en material didáctico: todos los libros de texto lo usaban para ilustrar la miseria de la vida bajo los zares, aunque el propio Repin nunca dejó ningún manifiesto al respecto, simplemente pintó lo que había visto en el Nevá y en el Volga. De este cuadro proviene también una expresión que se quedó en el habla corriente en ruso, "tirar de la correa del sirgador", para describir un trabajo agotador y sin alegría que se hace por obligación.

Su eco internacional más sonado ocurrió lejos de Rusia. En 1958 el caricaturista finlandés Kari Suomalainen publicó en Helsingin Sanomat un dibujo que mostraba a Nikita Jrushchov montado en una barcaza del Volga, arrastrada, en vez de por sirgadores, por los líderes del bloque soviético: una cita directa de la composición de Repin. La caricatura se reprodujo en periódicos occidentales y llegó a aparecer en carteles en Londres durante la visita del primer ministro Macmillan a Moscú; la URSS presentó una protesta, y el propio Jrushchov se quejó ante el presidente finlandés Urho Kekkonen por la prensa finlandesa "irresponsable": una simple viñeta de periódico se convirtió, por un momento, en un incidente diplomático de la Guerra Fría.

Dentro de Rusia, la imagen sobrevive de forma más ligera: es uno de los cuadros más parodiados en internet, con generadores de memes construidos específicamente a partir de él, donde las caras de los sirgadores se insertan en cualquier situación que exija representar un hastío colectivo y obligatorio. Los historiadores del arte lo citan de otra manera: como el momento en que la pintura rusa dejó de esquivar el presente sin adornos, abriendo paso al realismo de los Ambulantes que definió el arte ruso durante el resto de la década de 1870.

Contexto visual

Más imágenes

En qué fijarse

Qué observar

  • Encuentra al joven que se ajusta la correa del arnés: la única figura aún no quebrada por el agotamiento.
  • Sigue el ritmo de los cuerpos inclinados casi en el mismo ángulo: es lo que impulsa toda la composición.
  • Fíjate en el cielo luminoso y el río del fondo: el contraste con las figuras oscuras y agotadas agudiza el drama de la escena.

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